Ana también tiró una botella al océano Atlántico una fría mañana de octubre. La tiró en unas islas a las cuales amaba y odiaba al mismo tiempo, porque eso es el amor: cuando no conoces bien a alguien, lo deseas; luego, lo conoces y suele decepcionar (el grado de decepción lo pones tú) y cuando lo abandonas (o te abandonan) sólo piensas en esa persona.
Perdonar la digresión. Decía que tiró una botella cargada de ilusiones: quería ser profesora de inglés. La botella ha dado muchas vueltas, las corrientes la han llevado casi hasta otros continentes hasta que una cigüeña la rescató y la dejó en el Flumen y llegó a las orillas de Fraga.
Allí estaba Ana, con la maleta cargada de ilusiones, con los nervios de la primera vez, pero se atrevió y cogió su botella y se metió en clase. Allí encontró a sus primeros “angelitos” (tendrás muchos más en tu vida) y cogió la botella y se sentó a compartir sus ilusiones, sus ganas, sus miedos, sus sabidurías con los angelitos. Hubo un momento en que dudó en si había hecho bien en mandar la botella, en si tenía que haberla recogido, pero dudó poco porque la semilla hacía mucho tiempo que estaba echada y empezaba a crecer. Abrió su botella, regó las semillas y disfrutó.
Ahora sabe que no se equivocó, que mandará más botellas, que las cogerá, las abrirá y regará las semillas y que disfrutará muchísimo con ello, aunque algún tallo se le tuerza y otros se le sequen, pero estará allí y disfrutará y mucho.
Mucha suerte Ana, te lo mereces.